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Mi Perfil
arrobandolamente
norma pingaro
buenos aires - argentina
Soy escritora y psicoanalista, edité varios libros y me gusta la poesía contemporánea y el realismo mágico. Escribí un ensayo psicoanalítico sobre la escritura. Dirijo un taller literario, soy docente en la UBA. Fuera de todas estas formalidades podría decir que soy obsesivamente correctora, en el sentido literal de la expresión. Además afirmaría, sin sonrojarme, que la literatura me ayudó a transitar la vida.
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Ocultar datos Julio 2008
Julia en el Ibiza rojo
La creación literaria, un juego para des-encontrar la palabra.
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Últimos comentarios de este Blog

11/07/08 | 07:28: Juan Polski dice:
Norma, sólo escribo para felicitarte y desearte éxito en todo lo que emprendas.
01/07/08 | 15:32: Viviana dice:
Te felicito!!! como colega me atrapó tu punto de vista respecto a la creacion literaria, conforme nuestra creatividad se desplaza en el sendero sináptico. Un abrazo.
27/06/08 | 09:08: Eva dice:
Hola Norma: este grito que suma y multiplica los gritos de tantas congéneres...,que es ancestral, y actual, y revela que es parte de las injusticias que los seres humanos mantenemos vivas a pesar de la "civilización", y que tantas y tantas veces termina como la protagonista de mi poema "El último grito".Somos testigos del del mismo momento, gritemos con todas ellas!! Un abrazo...Eva Blog 1 Mujer descalza.
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Profeta del viento II Profeta del viento II


Profeta del Viento emerge bajo la forma de recordación cantada, como el poeta hubiera querido. Con r... Ampliar

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Pretendo, en este blog, crear un vínculo entre escritores, compartir comentarios y ayudar a aquellos que lo soliciten, dentro de mis posibilidades de tiempo, tanto en la escritura como en mi profesión.


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Julia en el Ibiza rojo



Es un cuento donde no se sabe bien cuál es la realidad y cuál la ficción.

Julia en el Ibiza rojo


“Ahora que en la estación de las dudas muere un tren de cercanías… Ahora que las tormentas son tan breves y los duelos no se atreven a dolernos demasiado…Ahora que explotan los coches que sueño de noche que duermo de día…”
J. Sabina


A Clara me la recomendó Nicolás y no se equivocó. Por lo menos, esa era mi convicción de entonces. Ahora creo que esa batalla contra la incertidumbre la he perdido. Comenzaré por el principio de la historia: me iba a casar con Damián después de un noviazgo tranquilo, equilibrado. Teníamos el departamento donde vivir, era amplio y confortable. Allí trabajábamos juntos administrando consorcios. Todo estaba listo para el casamiento, así que no quedó más remedio que poner una fecha para la boda: sería el 18 de febrero. La noticia produjo revuelo. Yo siempre quise contraer enlace pero no sé por qué motivo lo posponía. Mis dudas se disiparon con la aceptación de la fecha por parte de Damián. Mamá, contenta porque con el calor podría hacerse un solero; alboroto en el grupo de amigos; estática sonrisa en mi cuñada, a quien finalmente le arrebataba a su hermano.
Creo que las pesadillas comenzaron en diciembre, con las fiestas o quizá no, recién después de Reyes, lo cierto es que tuve la sensación de que siempre las había sufrido, que eran la continuación de otros sueños extraños a los que nunca les di importancia. De niña me soñaba jugando en lugares desconocidos, mientras un viento húmedo y benigno acariciaba avellanos, bajo un cielo nubloso. En mis sueños infantiles tenía la impresión de ser otra que vivía en paisajes muy diferentes y ajenos a los de mi barrio de Almagro con casas bajas y calles empedradras.
En las entrevistas iniciales, Clara quiso que le contara la primera pesadilla con lujo de detalles y esto en lugar de angustiarme, me aliviaba muchísimo. Fue como si me sacara el ropaje de la que era en mis sueños y recuperara mi identidad. Yo, Paula Urgaray, estudiante de Informática, administradora de propiedades, de 23 años, porteña, me convertía en las noches en una tal Julia que viajaba por las calles de Madrid, rumbo a la Coruña, con Javier que me hablaba tan apresuradamente como la forma en que manejaba el auto rojo en el que íbamos. “Lo de Blanco tenía que ser, Julia. Ni Aznar ni González nos van a joder, coño, que la independencia no se negocia”. Era increíble como recordaba todas sus palabras tan nítidamente, a pesar de mi falta de respuestas en las sesiones con Clara sobre quiénes eran Blanco, Julia, Javier, Aznar, González. Fue ella quien lo relacionó con un grupo terrorista del cual yo tenía mínimas referencias. Alguna vez leí sobre ellos en los periódicos y en los noticieros de la televisión vi los atentados que se adjudicaban. Por eso sabía que eran vascos, aunque desconocía cuál era el móvil que los guiaba. “Deberías averiguar más”, decía Clara, tratando de quitar a la frase el tono imperativo. ¿Por qué tendría que hacerlo? Yo no quería inmiscuirme en ese sórdido mundo que desconocía.
Por las noches, me despertaba aturdida, en medio de los sueños, con el corazón montado en un corcel de galope violento, gritando o tal vez gimiendo. Mi hermana acudía a calmarme dándome de beber un vaso de agua y pasaba su palma sobre mi cabello, “fue nada más que una pesadilla, estás nerviosa por la boda”. Regresaba entonces a mi mundo cotidiano y con la luz prendida recorría con la mirada la cómoda de algarrobo, sobre la cual se encontraban las viejas fotos de los abuelos en la Coruña y los libros y revistas apilados en desorden, hasta que poco a poco recobraba la tranquilidad. Finalmente, el cansancio me vencía, cuando ya no había posibilidades de que la pesadilla volviera, por lo menos en lo que faltaba de reposo.
A Clara le interesó mucho el último párrafo de la frase dicha por Javier: “La independencia no se negocia”. Asocié entonces que siempre creí hacer lo correcto: tanto mi madre como mis profesores estaban orgullosos de mí, o por lo menos, eso parecía; que Damián era un tipo fabuloso pero que muchas veces sentía que sus decisiones predominaban sobre las mías, sobre todo en el trabajo y que eso me molestaba un poco, aunque claro, para qué decirlo si todo estaba bien así. Los ojos de Clara brillaron con más intensidad al escucharme y me dijo como de soslayo, como quien se saca una pelusa, que quizá yo temía perder mi independencia. El aire fresco de la calle acompañó mis cavilaciones, ¿tendría razón? ¿Esa era la causa de mis pesadillas? ¿Por qué me atormentaban tanto si en realidad no eran tan terribles? En el sueño en sí nada atroz ocurría, sólo tenía esa angustia creciente antes de despertar y el aturdimiento que me embargaba luego, al abrir los ojos.
Con Damián ultimábamos detalles para el casamiento: yo puse especial énfasis en elegir el viaje, el menú y los invitados. Creía que con ello ganaría autonomía y superaría el problema de mi ansiedad nocturna. Él me miraba desconcertado, hasta entonces acostumbrado a imponer su voluntad, ante mi repentina seguridad, accedía en las negociaciones.
Por las noches, en la bruma del sueño, discutía con Javier acerca de las tácticas a seguir, el temor por lo de Blanco (ahora sabía que lo habíamos asesinado, que fue un teniente coronel, que tenía dos hijos, que dirigió el ataque contra nuestro grupo). Digo, que el temor iba cediendo, conforme la ruta nos alejaba de La puerta del Sol. Entonces era yo la que piloteaba el coche rojo, la que gritaba contra Imanol, “¡actorzuelo traidor, peor que Saenz de Ynestrillas, mira lo que te digo Javier, peor!”.
En la mañana, comprendía la sensación de pánico que me causaban los sueños: había matado a un hombre. Una mujer tan indefensa y pacífica como yo había matado un hombre en sus sueños. Una atmósfera triste y letal rodeaba mis pesadillas, la misma que sentí el día que papá no regresó, lo recordaba muy bien, a pesar de que cuando sucedió sólo tenía 5 años. “Desapareció”, fue la explicación que dieron, con los años, a las preguntas que jamás hice. “Deberías averiguar más”, insistía Clara, pero yo no quería saber. Estaba bien así.
Por otra parte, yo me preguntaba de dónde sacaba tanta información, luego de corroborarla afiebradamente en los diarios que hablaban de una manifestación contra el terrorismo de un millón de personas, en la que el vasco Imanol Arias se pronunciaba contra los violentos. Y me lo seguía cuestionando en lo de Clara, que no me respondía más que con interrogaciones, ¿la lectura del diario, fue antes o después de la pesadilla? Hasta ese momento yo creía que después, pero no sabía, algo en su rostro o, quizá, en el reflejo de la ventana me hacía dudar. “Qué interesante, ahora eras vos la que piloteaba el coche rojo”, decía Clara antes de concluir con su “dejamos acá”, típico de la finalización de nuestras sesiones. Al salir, vislumbraba la relación existente entre la realidad y mis sueños: en una, yo comenzaba a tomar mis decisiones, en otros, era la que conducía.
Me convencí de que debía de ser así, seguramente lo había leído antes del sueño. En calma, la noche no me amedrentaba, ni siquiera cuando con Javier escuchaba en la radio del coche detalles sobre la Operación Jaula. Si creían que con eso nos iban a atrapar, estaban equivocados; éramos invencibles, ya estábamos en la Coruña, ya se lo proponía, ávida de venganza, o tal vez lo dijo primero él, henchido de odio y yo lo acepté, no sé. Lo cierto es que lo haríamos y sería en la Moncloa, un coche bomba en las narices del enemigo, lo decíamos mientras la ruta, rodeada de vegetación, nos regresaba a casa y ya no nos importaba ni el cansancio ni el hambre.
Es verdad, concluimos con Clara, mi boda no sería una jaula y yo estaba trabajando en la terapia para lograrlo; además, Damián aceptaba mis opiniones dócilmente si eso preservaba mi tranquilidad. Por otro lado, esa mujer, Julia, era tan diferente a mí, había elegido el camino de la destrucción, del odio y yo siempre fui una buena persona.
Claro que, en el último sueño, cuando pronuncié la fecha del atentado, (18 de febrero) yo, Julia, tuve la sensación de que... ¿Cómo explicarlo?,... de que traicionaba a alguien, era como si en otra parte, no sabía dónde, otra mujer se agitaba con esta decisión. Mis dudas se disiparon con la aceptación de la fecha por parte de Javier.
Gracias al tratamiento, las pesadillas no eran tales, no me provocaban inquietud y la lógica del inconsciente, como decía Clara, las explicaba: ¿cuándo sino el día de mi boda sería el atentado? ¿No era así como yo la vivía: como un atentado a mi independencia? Todo cerraba. Por eso ya no me inquietaba por las noches y al despertar, analizaba cada parte de los sueños, relacionándolos con aspectos de mi vida, aprendiendo la técnica trasmitida por mi sicoanalista.
Llegó el 18 y comprendí que podía amar sin depender. Feliz, en la iglesia junto a Damián, la emoción me embargó. Mi madre, con su flamante solero, luchaba contra las lágrimas que le corrían el maquillaje y sólo en ese momento noté la ausencia de papá, reemplazado en su función de padrino por el tío Manuel. En la fiesta, sentí que había encontrado mi verdadera identidad, rodeada de mis seres queridos el recuerdo de la imagen de Julia sólo me produjo una desdeñosa sonrisa. Me sentía liberada, sería la señora de Eizaguirre, las pesadillas ya no podrían alcanzarme. Sin embargo, algo llamó mi atención, fue lo que dijo el tío, que tenía unas copas de más. Recordó emocionado que un 18 de febrero fue cuando su hermano desapareció. “Casualidades”, pensé.
A la madrugada, escapamos para el viaje de luna de miel. Antes de partir, fuimos a nuestro departamento y mientras me cambiaba, Damián leía los e-mailes de felicitaciones de los amigos. Lo hacía en voz alta para que yo escuchara desde la habitación. Por el tono podía imaginar su sonrisa. De pronto se detuvo y dijo: “Este debe de estar mal, no lo conozco, es de un tal Javier, ¿lo abro?” Corrí hacía la pantalla y asentí. Las palabras de Damián chocaron unas tras otras contra mi entendimiento: “A pesar de tu ausencia todo salió bien, lo de Sara no es de cuidado. Javier”. Partí hacia la calle escaleras abajo, el amanecer me permitió arrebatarle el diario al canillita, entonces leí claramente, a pesar de las lágrimas: “Atentado terrorista en La Moncloa. Sara, una niña de 5 años, gravemente herida”.

l la ficción

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